Un carácter Feudal

Aquellos que hayan convivido con más de un perro habrán observado frecuentemente cómo hay uno de ellos que siempre obtiene lo que quiere de los demás.

Hay un perro que come el primero, se lleva siempre el juguete, acosa a las hembras, muerde a los machos jóvenes y ocupa el mejor sitio del territorio. Se porta como un antiguo señor feudal y exige, incluso, el “derecho de pernada”. Suele se el más grande, fuerte y antiguo en el lugar, hace enfadar a los dueños de los demás especimenes del grupo y casi nunca es entendido en su proceder por sus propios amos, al menos que sean expertos en comportamiento animal.
Las corrientes filosóficas, teológicas y educacionales de las sociedades desarrolladas, intentan erradicar las tenencias al abuso de poder de los más fuertes. A nuestro hijos, les enseñamos a no pelear por ostentar el título de líder en el colegio o pandilla. Tratamos de que nuestras hijas sean iguales a los hombres en sus derechos y que, por supuesto, nadie someta por la fuerza al individuo más débil. ¿Por qué debemos, entonces, convivir con un perro que tiende a hacer exactamente lo contrario?

El sistema feudal

Evidentemente, nosotros no podemos cambiar la forma de solucionar los problemas que se les plantean de supervivencia y reproducción a los perros. ¡Ni somos quién para hacerlo! Esos problemas los resuelve el Perro, como especie, dentro de su territorio y en un sistema jerárquico que, en Etología, llamamos “sistema feudal”. Este sistema, aún hoy, sigue consiguiendo elevar su tasa de aptitud individual y eso, ni más ni menos, es la Selección Natural o la supervivencia del más apto. Así están estructuradas las manadas de cánidos libres, así seguirán y de esta forma vive el antecesor de todos, el Lobo.
Al propietario no le queda más remedio que aceptar la convivencia con su mascota, respetando su sistema de vida y ejerciendo de “rey del señor feudal”. Si no lo hace, el perro se encargará de hacerle pasar de rey a plebeyo y convertirle, en pocos meses, en otro siervo de su feudo.

Una actitud heredara

Para entender correctamente los patrones de conducta del perro es preciso aceptar que mantienen actitudes heredadas de su antepasado y además, saber cómo funciona este sistema jerárquico.
Se supone que el primer pariente de los cánidos aparición el Plioceno, hace aproximadamente diez millones de años. Realmente no nos podemos imaginar cómo era, pero sus descendientes dieron nacimiento, hace “tan sólo” unos dieciséis mil años, al Canis familiaris.

Muchas teorías avaladas por prestigiosos autores reconocen al perro como descendiente del chacal, lobo o coyote. Lejos quedan las románticas y atractivas teorías de Conrad Lorenz sobre los orígenes de los actuales perros domésticos. En su libro “Cuando el hombre encontró al perro”, marca una clara diferencia entre las razas de ascendiente lobo (Pastor Alemán, Dobermann o Boyero) y las de ascendiente chacal dorado (Collie, Dálmata, Caniche o Labrador).

De las antiguas especulaciones hay una que nos ofrece más atractivo y credibilidad a los que nos dedicamos a la conducta con prioridad sobre la morfología, y es que el lobo muestra un espíritu gregario más acusado que el de los demás cánidos y, en especial que el del chacal. Así, el lobo es fiel a su jefe de manada, y en él están muy presentes la jerarquía de grupo, las tácticas venatorias y la camaradería en la alimentación. Su comportamiento social lo acerca más a nuestro Canis familiaris que al del chacal, tímido, arisco y solitario.

Hoy día, la mayor parte de los autores, están de acuerdo en que todas las razas del perro proceden del lobo (Canis lupus). Ambas especies son casi iguales y las secuencias del ADN con iguales en el 99,8%, mientras que la del lobo y el coyote (Canis latrans) sólo coinciden en un 96%.

Realmente éste es un argumento de peso que nos hace descartar los demás, pero siempre dejando una puerta abierta a los románticos estudiosos de la filogenia canina.

Es, por todo lo expuesto, que partiremos siempre de la conducta y morfología del lobo como especie precursora de los actuales perros.

Una vez aceptado e echo de que nuestra simpática mascota procede del lobo, veamos como se estructura su sociedad.

Comportamiento en sociedad

El concepto de jerarquía implica un escalafón entre los miembros de una manada o grupo. Los perros forman grupos estables y duraderos al igual que las manadas de lobos en libertad. El mando absoluto lo ostenta un macho que normalmente es el que más batallas ha librado y mejores resultados ha obtenido. Lo secunda una hembra, subordinada la macho, pero que ostenta el segundo grado en el escalafón, es decir, en el caso de los lobos, sólo puede ser montada por el Dominante. Después de estos dos “patriarcas” la jerarquía se completa con los machos y hembras subordinados, quienes al paso del tiempo se convertirán, a su vez, en Dominantes, bien por la disputa y victoria sobre el jefe o por la muerte de éste.
En psicología experimental se suele llamar Alfa al individuo de mayor rango y beta al subordinado. El concepto de dominancia implica una relación asimétrica entre dos individuos, que se manifiesta en dos niveles de interacción. El ß recibe la mayor parte de los golpes en las luchas y agresiones que se producen entre los dos. También cuando se disputa una fuente de recurso es el a quien la consigue en la mayoría de las ocasiones. Una vez establecidas las relaciones de jerarquía, la agresividad deja de estar presente en casi todos sus actos sociales. El estrés es más frecuente en los individuos de menor rango sometidos casi siempre a un continuo “debate” por un aumento de puesto en el escalafón. Por el contrario, en los dominantes el nivel de estrés crónico disminuye como consecuencia de la falta de agresiones que sufren por parte de los subordinados.

Para mantener estas relaciones sin necesidad de enfrentamientos directos y constantes, el perro ha desarrollado todo un lenguaje corporal que establece claramente “quien manda” en las interacciones cotidianas. El ß demostrará sumisión cuando se encuentre en peligro de agresión y el a tranquilizará al resto de la manada, con su presencia aplomada y tranquila.

La manada humana

Si ya entendemos su sistema de vida, ahora cabe preguntarse cuál es nuestro sitio en esta manada. La mayor parte de los dueños de perros sólo tienen uno y, en este caso, la manada tiene dos miembros, pero ya está constituida. Si a eso sumamos los demás miembros de la familia humana, el grupo se amplía y el perro no jerarquizada tratará, en mayor o menor grado, de erigirse como señor feudal. ¿Por qué? Simplemente porque él no conoce otra forma de vida y, en este caso, no hay más perros a los que someter.
Desde tiempos ancestrales el perro ha tratado de “adaptarse” al hombre en todos los conceptos que rodean su contexto. Así, ha adquirido una riqueza fónica superior a la del lobo, utiliza el nicho trófico del humano (se alimenta de lo mismo que él) e incluso ha cambiado su morfología para acompañar a su amigo en el viaje de los tiempo. Lo que nunca podrá evitar es el tratar de intercalarse en una jerarquía de grupo totalmente necesaria para su propia supervivencia. Si en sus relaciones con el hombre no tiene claro cuál es la especie dominante, ambos tendrán serios problemas de adaptación.

El adiestrador, guía o dueño debe convencer a su mascota de quién es el ser dominante de la manada. Por otro lado, los hombres poseemos algo que al perro le falta (una inteligencia cuantitativamente superior), la tarea es bastante fácil. En términos generales, podemos decir que lo “único” que debemos hacer es intercalarnos en su escalafón y colocarnos en el primer lugar.

Un perro arropado por su líder debe tener satisfechas todas sus necesidades, pero también debe saber cuándo ladrar o callarse en su presencia, morder o dejar que lo “haga” su Alfa, acercarse a una hembra o “mirar” la expresión de su jefe. En definitiva, nosotros debemos portarnos con él como perros y él, como un subordinado.


Cuidado con el castigo

El concepto de castigo o brutalización debe ser analizado concienzudamente antes de decidirse a aplicarlo. Los perros no sienten el dolor como nosotros, es decir, sus manifestaciones no son las mismas. Si bien es cierto que la concepción de dolor implica las mismas terminaciones nerviosas que en el hombre, su umbral de percepción es muy distinto al nuestro. Incluso entre las razas o entre individuos varía de forma ostensible.
Jamás preconizaré el maltrato indiscriminado de cualquier animal y menos aún el de un “animal amigo”, pero en la naturaleza el castigo forma parte de la evolución y entre los humanos también. Quién más y quién menos habrá recibido algún cachete paterno del que sacar enseñanzas “adaptativas”.

¿Qué niño no ha sido “castigado” por el dominante del colegio? ¿Cuántas veces hemos sido sancionados moralmente por una actuación desafortunada? ¿Cuántas veces hemos aprendido de nuestros propios errores a fuerza de infortunios?

Aún así, en la naturaleza no existe la brutalización como nosotros la entendemos. Existe la “comunicación de farol” o el duelo hasta las últimas consecuencias.

El juego de la vida o la muerte impera entre las especies, pero en la del perro hay una inhibición del acto final como mecanismo protector del individuo. Por ejemplo, entre los leones es normal el infanticidio, tanto como la adopción o el efecto “guardería”. En los pájaros el miembro de la pareja que puede “abandona”, y entre los leones marinos el ritual de cortejo acaba en sangrientos combates. Todo eso lo “entiende” el perro, pero pienso que no es mejor dueño el que más fuerte pega, sino el que mejor corrige.

Recomendaciones finales

Antes de terminar este artículo quiero hacerle al lector dos consideraciones que puede utilizar como consejo:
1.- No trate de hacerle ver al animal que usted es otro perro. Sería como insultar su inteligencia. Convénzalo de que usted pertenece a una especie mucho más evolucionada que la suya.

2.- A veces me preguntan por qué trato a los perros como si todavía fuesen una especie libre. Yo le aseguro que si suelta unos ejemplares en el monte, al cabo de muy poco tiempo volverán a ser lo que fueron hace millones de años, y es que hay algo de lo que no pueden desprenderse: su propia biología.

Antonio Pozuelos
Revista Especies

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